9 julio 2024

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Fallece Ouka Leele, fotógrafa de la Movida Madrileña

La palabra Movida significa tantas cosas en la cultura española que puede referirse a una cosa y a su contraria. Movida son las fotografías en blanco y negro de un realismo sucio e hiperestetizado de Alberto García-Alix pero también lo son las imágenes angelicales, surrealistas y de colores planos de Bárbara Allende Gil de Biedma, la artista que recibió el nombre de Ouka Leele de una estrella de un cuento polinésico. Allende, nacida en Madrid, en 1957, murió ayer en su ciudad.

En relación con el relato ortodoxo de la Movida, Allende significa un punto de inflexión: después de la primera agitación del Madrid de los años 70, la de la calle de la Madera, más literaria que pictórica, más povera y castiza que exquisita y cosmopolita, Ouka y sus colegas Cesepee y El Hortelano trajeron una nueva manera de vivir la gran fiesta de la Transición. Allende empezó vendiendo fotos coloreadas en los mercadillos, como si fuese una niña que se hubiese escapado de casa. Después, se hizo famosa con un retrato en el que su protagonista se llevaba un pulpo a la cabeza y otra en la que ella misma aparecía rodeada de limones. Aquellas fotografías, tomadas en blanco y negro, aparecían coloreada en tonos warholianos. La vida, en las fotos de Ouka, era así, poética y chistosa, absurda y un poco solitaria en medio de la fiesta.

En realidad, Allende se veía a sí misma como una pintora, antes que como una fotógrafa. Su educación artística había consistido en mucha religión (colegio del Sagrado Corazón y después, un poco de Opus Dei) y mucho Museo del Prado, según explicó en una entrevista reciente en EL MUNDO. Su obra está llena de composiciones tomadas del arte barroco, de piedades recreadas y sacadas de contexto. «Al principio, cuando buscaba trabajo, sólo lo encontraba en revistas eróticas. Me daban páginas enteras para hacer, lo que quisiera siempre que tuviera ese toque erótico. Mis mecenas eran las revistas Penthouse y Playboy», explicó la artista en 2017, en los Cursos de Verano de El Escorial de la Universidad Complutense de Madrid.

Había más capítulos en su historia: Allende, sobrina de Jaime Gil de Biedma e hija de un arquitecto aficionado al arte, era parte de una burguesía culta que sentía que llegaba al fin del franquismo libre de culpa y preparada para ponerse al frente de la modernización de España. Ouka pasó un tiempo en Barcelona junto a El Hortelano y Ceesepe y otra temporada en Nueva York. Pintó para la revista Star y conoció a Nico. Allende podía estar en el mundo con sus maneras refinadas y sus ojos azules.

Además, fue una mujer marcada por la enfermedad. Con 22 años, la artista se trató de un cáncer. La quimioterapia la dejó calva durante algunos años y le creó una máscara mítica en una época de carnaval permanente. La paradoja es que esa intimidad con la muerte la alejó de la vida autodestructiva de su generación y marcó su personalidad única.

Muchos años después, cuando Rafael Gordon filmó una película sobre la obra y la personalidad de la artista Ouka Leele (La mirada de Ouka Leele, 2009), fue posible intuir el viaje del personaje de Allende. Al principio de la película, la artista aparecía joven e irónica, con una chuleta puesta en la cabeza como si viniese de una clase de Composición de Formas en la Escuela de Arquitectura. Muy formal, Ouka decía a la cámara: «La gente se toma mis imágenes como una crítica social cuando es todo lo contrario: es la sublimación de lo cotidiano»

Después, la artista aparecía en 2009 en una autoentrevista. «¿Qué es la muerte», se preguntaba. «La muerte es una maestra. A mí me llamó, bajé, y en las cenizas encontré los diamantes». Medio en serio, medio en broma La sensación que quedaba tras ver esas imágenes era conmovedora. La imagen amable y luminosa que todos podíamos tener de Ouka Leele escondía una parte de misterio y sufrimiento. Ouka podía ser la estrella que más brillaba en medio de la fiesta pero, como todas las estrellas, estaba sola.

Ouka Leele, testigo luminoso de una época, Premio Nacional de Fotografía 2005, ha muerto aún joven, igual que murieron El Hortelano (2016) y Ceesepe (2018). García-Alix, su contemporáneo y colega, su contrario, tan obsesionado por documentar la autodestrucción, queda vivo. Son las bromas de la vida y de la muerte.

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